El dominico blanco

El dominico blanco

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No puedo ocultarme tan de prisa; ya me ha descubierto.

Palidezco, ¡porque ahora todo ha trascendido!

Sin embargo, el destino dispone otra cosa. La señora Mutschelknaus levanta dulcemente las comisuras de los labios, se coloca la rosa en el pecho como sobre un pedestal y baja, confusa, los párpados; luego, cuando los abre de nuevo, emocionada, y ve que sólo se trata de mí, tuerce un poco el gesto, pero me lo agradece con una inclinación de cabeza y me enseña en su amabilidad un colmillo.

Tengo la impresión de que me ha sonreído una calavera; ¡no obstante, estoy contento! Si hubiera adivinado a quien iba dirigida la flor, ¡todo se habría perdido! Una hora después me alegro incluso de que todo se haya desarrollado así. En lo sucesivo puedo atreverme con tranquilidad a dejar para Ofelia todas las mañanas un ramillete entero en la repisa de la ventana; su madre creerá que es para ella.

¡Quizá pensará que las flores provienen de mi padre adoptivo, el barón Jocher!

Sí, sí, la vida le hace a uno inteligente.


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