El dominico blanco

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»En otra ocasión me llevó ante una jaula que contenía bulliciosas urracas. Les tiró grandes cantidades de alimento, sobre el que se abalanzaron con avidez; todas sentían envidia de que las otras pudieran comer más aprisa y se llenaban de tal modo el pico y el gaznate que al final ninguna pudo seguir tragando.

»«Espero quitar a estos animales la avidez y la codicia», explicó, «y que abandonen también la tacañería inútil, ¡la cualidad que hace más odiosos a los hombres!».

»«¡O se buscarán (repliqué) bolsillos o cajas de caudales!».

«Tras lo cual mi padre se quedó pensativo y, sin añadir una palabra, devolvió la libertad a las aves.

»«¡Supongo que contra esto no tendrás nada que objetar!», gruñó, orgulloso, y me condujo a una azotea donde había una balista, especie de máquina para lanzar piedras pesadas. «¿Ves todos esos perros en la pradera? ¡Se mueven de un lado a otro y no se acuerdan para nada del buen Dios! ¡Ahora les enseñaré algo!».

«Cogió una piedra y la lanzó contra un perro, que en seguida dio un brinco, asustado, y escudriñó a su alrededor para ver de dónde podía proceder el proyectil y luego miró desconcertado al cielo y volvió a sentarse después de una larga inquietud. A juzgar por su conducta desesperada, la misma desgracia debía de ocurrirle con cierta frecuencia.


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