El dominico blanco
El dominico blanco »«¡Ésta es la máquina que, utilizada con paciencia, planta infaliblemente en el corazón de los perros de caza, por muy ateos que sean, la semilla de la fe en el milagro!», exclamó mi padre, golpeándose el pecho. «¡No te rÃas, petulante muchacho! ¡Nómbrame un oficio que sea más importante! ¿Crees que la Providencia obra con nosotros de distinta manera de como lo hago yo aquà con los perros?».
»Ya ve: mi padre era un hombre lleno de excentricidades sin freno y, no obstante, lleno también de sabidurÃa —concluyó el barón.
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Después de que ambos se hubieran reÃdo a gusto, continuó su relato:
—En nuestra familia se hereda un destino notable. ¡Le ruego que no crea, sin embargo, si mis palabras le suenan un poco arrogantes, que me considero algo especial o un elegido! En todo caso, tengo una misión, pero muy modesta, ¡aunque a mà me parece grande y santa!