El dominico blanco
El dominico blanco »Entonces ocurrió ese hecho notable de que oyera hablar de ese niño de la inclusa al que traje a mi casa y ahora he adoptado sólo porque caminaba en sueños; es una característica que todos los Jocher tenemos en común. Cuando luego me enteré de que se llamaba Christopher, me sentí como traspasado por un rayo y me faltó la respiración mientras me llevaba el niño a casa, pues la emoción me había dejado sin aliento. En la crónica, se compara a mi familia con una palmera de la que siempre se cae una rama para hacer sitio a la siguiente, hasta que al final sólo queda la raíz, la copa y el tronco liso, sin ningún brote, por lo que la savia puede subir directamente desde la tierra a la copa. Ningún antepasado ha tenido nunca más de un hijo y nunca una hija, de modo que el símil de la palmera ha continuado inalterable.
»Como soy la última rama, vivo arriba, bajo el tejado de la casa; ¡he sentido el impulso de ir subiendo, ni yo mismo sé por qué! Mis antepasados no han vivido nunca más de dos generaciones en el mismo piso.
»Es cierto que el querido muchacho no es mi hijo. Aquí queda rota la profecía y esto me entristece a menudo porque, como es natural, ¡me habría gustado ver en la copa del árbol genealógico un brote de mi sangre y la de mis antepasados! ¿Qué ocurrirá con la herencia espiritual? Pero ¿qué le sucede, capellán?
¿Por qué me mira tan fijamente?