El dominico blanco

El dominico blanco

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Supuse, por el ruido de una silla al caerse, que el sacerdote había saltado de su asiento.

A partir de este instante me invadió una fuerte calentura que fue en aumento con cada palabra del capellán.

—¡Barón! ¡Escúcheme! —exclamó—. En cuanto entré, quería decírselo, pero lo iba aplazando a la espera del momento oportuno. Entonces usted ha empezado a hablar y durante su narración ha habido ratos en que he olvidado el objeto de mi venida. Temo abrir ahora de nuevo una vieja herida de su corazón…

—¡Hable! ¡Hable! —apremió el barón Von Jocher.

—Su esposa desaparecida…

—¡No, no, desaparecida no! ¡Me abandonó! ¡Llame a las cosas por su nombre!

—¡Su esposa, pues, y la desconocida que hará unos quince años fue hallada muerta en el río y enterrada en el cementerio en la tumba de las rosas blancas, que sólo lleva una fecha pero ningún nombre, son la misma persona! Y ¡ahora, mi querido y viejo amigo, gritará usted de júbilo: su hijo sólo puede ser (no es posible otra cosa) el pequeño huérfano Christopher! Usted mismo lo dijo, ¡su esposa estaba encinta cuando le abandonó! ¡No, no! ¡No me pregunte cómo lo he sabido! No se lo diría aunque pudiera. Imagine que me lo dijeron en confesión. Alguien que usted no conoce…


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