El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias]
El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias] El polvo fino y envenenado que se había posado sobre mí desde todas esas esquinas y pasillos con manos estranguladoras hoy se desviaba ante el vivo aliento de mi boca. Por un instante me detuve ante la puerta de Hillel.
¿Debía entrar?
Una secreta timidez me impedía llamar. Hoy me sentía tan diferente… como si no pudiera entrar en su casa. Y ya la mano de la vida me impulsó escalones abajo.
La calle estaba blanca de nieve.
Creo que mucha gente me saludó; no recuerdo si les devolví el saludo. Una y otra vez comprobaba llevándome la mano al pecho si aún tenía la carta conmigo:
Del sitio emanaba calor.
Caminé bajo las ojivas de las cuadriculadas arcadas en el Ring de la ciudad antigua y pasé por la fuente de bronce, cuya reja barroca estaba llena de carámbanos; hacia el puente con las estatuas de santos y, entre ellas, la de San Juan Nepomuceno.
Abajo el río espumaba de odio contra los fundamentos.
Medio en sueños mi mirada recayó sobre la roca hueca de santa Luitgarda, con los «tormentos de los condenados» en su interior: la nieve se posaba en los párpados de los penitentes y en las cadenas de sus manos suplicantes.