El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias]
El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias] Así permanecí largo tiempo, mirando hacia arriba, hasta que comencé a asombrarme de por qué no me asustaba al percibir un ruido de pasos quedos a través de la pared que estaba junto a mí.
Presté atención: no había duda, alguien caminaba al otro lado. El breve crujido del pasillo delató cómo sus suelas se deslizaban inseguras.
De golpe volví en mí. Me torné más pequeño, todo se comprimió en mí bajo la presión de la voluntad de oír. Cualquier sensación temporal se coaguló en presente.
Se oyó aún un rápido crujido, que se asustó de sí mismo y se interrumpió súbitamente. Luego un silencio mortal. Ese silencio acechador y espantoso que es su propio traidor y que hace crecer los minutos hasta lo inconmensurable.
Permanecía estático, con el oído pegado a la pared, con la amenazadora sensación en la garganta de que al otro lado había alguien igual que yo y que hacía lo mismo.
Escuché y escuché: nada.
El estudio contiguo parecía muerto. Sin hacer ruido —de puntillas—, me deslicé hasta el sillón, al lado de mi cama, cogí la vela de Hillel y la encendí. A continuación reflexioné: la puerta de hierro del desván allá afuera, en el pasillo, que conducía al estudio de Savioli, sólo se podía abrir desde arriba.