El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias]
El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias] Ya sostenía el picaporte en la mano, ya lo dejaba; predije lo que ocurriría: Hillel me pasaría suavemente la mano por los ojos y… ¡no, no, eso no! No tenía derecho alguno a pedir alivio. «Ella» confiaba en mí y en mi ayuda, y si el peligro en que ella se sentía en ese momento me pareciera pequeño e insignificante… ¡ella lo percibía seguramente como enorme!
Para pedir consejo a Hillel quedaba tiempo mañana. Me obligue a pensar fría y sobriamente: ¿molestarle ahora, en plena noche? Eso no se podía hacer. Así sólo actuaría un loco.
Quise encender la lámpara, pero desistí: el brillo de la luna caía desde los tejados de enfrente a mi habitación y proporcionaba más claridad de la que necesitaba. Y yo temía que la noche podría transcurrir aún con más lentitud si encendía la luz.
Había tanta desesperanza en el pensamiento de encender la lámpara tan sólo para esperar la llegada del día… un miedo subrepticio me dijo que la mañana quedaría postergada a una lejanía imprevisible.
Me acerqué a la ventana. Las hileras de tejados con volutas formaban allá arriba un cementerio espectral, oscilante en el aire: lápidas con cifras de años corroídas por la acción del tiempo, apiladas sobre las oscuras criptas enmohecidas, estas «moradas» donde la muchedumbre de los vivos se ha horadado cuevas y corredores.