El rostro verde
El rostro verde Hauberrisser había dormido casi hasta el mediodía; no obstante sentía un pesado cansancio en todos sus miembros cuando abrió los ojos.
El deseo de saber qué contenía el rollo que le cayó durante la noche y de dónde pudo salir, lo había perseguido en sueños, como esa molesta sensación de espera que suele ahuyentar el reposo cuando uno, antes de dormir, decide despertarse a una hora determinada. Se levantó, examinó las paredes revestidas de madera de la alcoba y no tardó en hallar la puertecilla abatible del armario secreto que había ocultado el rollo. Aparte de unas gafas rotas y algunas plumas de ganso estaba vacío, y a juzgar por las manchas de tinta, había sido utilizado como escritorio por el antiguo inquilino.
Hauberrisser aplastó los folios enrollados e intentó descifrarlos. Los caracteres se encontraban considerablemente difuminados, llegando a ser ilegibles en algunos pasajes, y muchas páginas, pegadas entre ellas por el efecto de la humedad, formaban una especie de cartón mohoso, de manera que quedaba poca esperanza de conocer jamás su contenido.
Faltaban el principio y el final; el resto parecía ser un borrador de algún trabajo literario, tal vez un diario, por las numerosas tachaduras que llevaba.
