El rostro verde
El rostro verde En ninguna parte se veía un indicio de quién pudiera ser el autor, ni tampoco fecha alguna que sirviera para fijar su antigüedad. Malhumorado, Hauberrisser se disponía a olvidarse del rollo para volver a tumbarse y recuperar las horas de sueño perdidas cuando al hojear por última vez el manuscrito su vista tropezó con un nombre que lo aterró tanto que por un instante dudó de haberlo leído realmente.
Desafortunadamente se le había pasado ya la hoja, y su impaciencia por volver a hallar el párrafo aniquiló su esfuerzo de búsqueda.
Sin embargo habría jurado que vio el nombre de Chidher el Verde. Lo distinguía con nitidez si cerraba los ojos y se representaba el pasaje en cuestión.
El sol entraba resplandeciente y caluroso por la amplia ventana sin cortinas; una luz dorada llenaba toda la habitación tapizada de seda amarilla. Pero a pesar del esplendor del mediodía hechizado, Hauberrisser se sintió presa del pánico, de un miedo que nunca antes había experimentado, de un horror que surge sin razón aparente para disiparse enseguida y no dejar huella. Intuyó que la causa de su miedo no estaba en el manuscrito, ni tampoco en el hecho de haber vuelto a tropezar con el nombre de Chidher el Verde. El motivo era una profunda y repentina desconfianza en sí mismo, tan fuerte que veía hundirse el suelo bajo sus pies. Terminó rápidamente su aseo y tocó el timbre.