El rostro verde
El rostro verde —Es el colmenero del convento —explicó una anciana ocasional que se habÃa percatado de la perpleja expresión de Hauberrisser—. El enjambre se le habÃa escapado y ha tenido que capturar a la reina.
Hauberrisser se marchó de aquel lugar. Al llegar a una ancha plaza tomó un taxi y se encaminó hacia la casa de campo de su amigo Pfeill en Hilversum.
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Numerosos ciclistas animaban la amplia y rectilÃnea carretera. El taxi avanzaba como a través de un mar de cabezas y centelleantes pedales. El paisaje desfilaba velozmente, pero Hauberrisser no tenÃa conciencia de todo ello. Sólo podÃa pensar en la imagen que acababa de presenciar: el hombre de la máscara y el enjambre de abejas que se apiñaban en torno a su reina como si no pudieran vivir sin ella.
El colmenero habÃa capturado a la reina y con ella, todo el enjambre se le habÃa rendido. Lo sucedido se le antojó como una parábola: «¿Acaso mi cuerpo es otra cosa que una legión de células vivas que giran alrededor de un centro oculto, siguiendo un atavismo de millones de años?». Intuyó que existÃa una relación misteriosa entre lo que habÃa contemplado y las leyes de la naturaleza y comprendió que el mundo resucitarÃa para él si fuese capaz de verlo bajo una nueva luz, una luz que la vida cotidiana y la rutina habÃan oscurecido.