El rostro verde
El rostro verde El coche cruzaba el barrio elegante de Hilversum. Por una avenida de tilos penetró en el parque que rodeaba la soleada villa Buitenzorg.
El barón Pfeill aguardaba en lo alto de la escalera. Al ver a su amigo Hauberrisser apearse del automóvil descendió alegremente los peldaños.
—Es magnífico que hayas venido, amigo, ya me estaba temiendo que mi telegrama no te hubiese hallado en tu gruta doméstica… ¿Te ha ocurrido algo? Pareces meditabundo. Otra cosa: Dios te bendiga por haberme enviado a este maravilloso conde Ciechonski. Es un consuelo en estos tiempos tan desolados —Pfeill estaba de tan buen humor que ni siquiera cedió la palabra a su amigo, el cual protestó vivamente, intentando informar a Pfeill acerca del estafador—. Esta mañana ha venido a verme, y naturalmente, lo he invitado a almorzar. Si no me equivoco, faltan ya un par de cucharitas de plata. Se me ha presentado…
—¿… como ahijado de Napoleón IV?
—Sí, claro. Además se ha referido a ti.
—¡Qué descaro! A este tipo habría que propinarle un par de bofetones.
—Pero ¿por qué? Si lo único que desea es ser admitido en un club distinguido. Déjalo que satisfaga su capricho. Los deseos del hombre son su paraíso. En fin, si lo que quiere es arruinarse a toda costa…
