El rostro verde
El rostro verde —Eso es imposible, se trata de un prestidigitador profesional —interrumpió Hauberrisser.
Pfeill le dirigió una mirada compasiva.
—¿Tú crees que eso es suficiente, hoy en día, para tener éxito en un club de póker? Pero si todos los jugadores saben hacer trampas. Perderá hasta los pantalones, eso es. A propósito, ¿has visto su reloj?
Hauberrisser soltó una carcajada.
—Si me quieres —exclamó Pfeill— cómpraselo y regálamelo para Navidad —se acercó con cuidado a una ventana abierta, y tras hacer una señal a su amigo, dijo en voz baja— Mira esto, ¿no es fantástico?
Zitter Arpad, vestido de frac a pesar de la hora que era y con un jacinto en el ojal, botas amarillas y corbata negra, se encontraba reunido en íntima charla con una señora de edad avanzada, la cual, muy excitada por haber capturado por fin a un hombre, tenía manchas rojas en las mejillas y jugaba a ser la niña coqueta.
—¿La reconoces? —cuchicheó Pfeill—. Es la señora Rukstinat. ¡Que Dios la llame pronto! ¡Ahora le va a mostrar su reloj! Apostaría que está intentando seducir a la vieja con el espectáculo de los amantes articulados. Es un Don Juan de primera categoría, queda fuera de duda.
—Es un regalo de bautismo de Eugéne Louis Jean Joseph —se oyó la voz del conde, temblorosa por la emoción.