El rostro verde
El rostro verde —¡Oh, Floohzimjersch! —susurró la dama.
—¡Vaya! ¿Tan lejos ha llegado ya que incluso lo llama por su nombre? —Pfeill silbó entre dientes y se llevó a su amigo—. Venga, vámonos. Estamos estorbando. Es una lástima que sea de dÃa, si no hubiera apagado la luz. Por compasión hacia Ciechonski. ¡No, no entres ahÃ! —retuvo a Hauberrisser frente a una puerta que acababa de abrir un criado—. Ahà dentro están hablando de polÃtica —por un instante se entrevió una numerosa sociedad, y en el centro, un orador calvo y barbudo que se apoyaba con los dedos sobre una mesa—. Es mejor que nos vayamos al «cuarto de las medusas».
Hauberrisser se sentó en un sillón de cuero marrón-rojizo, tan blando que casi se hundió en él. Contempló con sorpresa el entorno. Las paredes y el techo estaban revestidos de placas lisas de corcho, tan hábilmente colocadas que no se distinguÃa raya alguna. Las ventanas eran de vidrio curvo; los muebles, los rincones y los ángulos de las paredes, incluso los bastidores de las puertas, aparecÃan suavemente redondeados. No habÃa cantos por ninguna parte; la alfombra era blanda como arena de playa y en toda la habitación reinaba el mismo tono pardo tenue.