El rostro verde
El rostro verde —Es que he descubierto que una persona condenada a vivir en Europa necesita una celda de aislamiento más que ninguna otra cosa. Una hora de reposo en una habitación como esta es suficiente para transformar al hombre más furioso en un molusco inofensivo, suficiente para tranquilizarle los nervios por un buen perÃodo de tiempo. Te aseguro que, aunque esté hasta el cuello de obligaciones, basta el mero pensar en mi cuarto para que toda mis buenas intenciones se disipen. Gracias a esta inteligente disposición soy capaz de faltar diariamente a mis más importantes deberes sin ningún cargo de conciencia.
—Al oÃrte hablar de esa manera cualquiera pensarÃa que te has convertido en el sibarita más cÃnico que uno pueda imaginarse —dijo Hauberrisser con regocijo.
—Falso —contestó Pfeill mientras ofrecÃa a su amigo una caja de cigarros—. Totalmente falso. Mi escrupulosa conciencia guÃa todos mis pensamientos y mis actos. Sé que en tu opinión la vida no tiene sentido. Yo también fui presa de este error durante mucho tiempo, pero paulatinamente he ido abandonando semejante idea. Lo único que tienes que hacer es dejarte de vanos esfuerzos y volver a ser un hombre natural.
—¿Es eso lo que tú llamas «natural»? —Hauberrisser señaló las paredes de corcho.