El rostro verde
El rostro verde —¡Claro! Si yo fuera pobre estarÃa obligado a vivir en un cuarto plagado de chinches. Hacerlo voluntariamente significarÃa llevar la antinaturalidad a su mayor extremo. El destino sabrá el motivo por el que nacà rico. ¿Para recompensarme quizás por algo que hice en una vida anterior y que, por supuesto, no recuerdo? Esta explicación me huele demasiado a cursilerÃa teosófica. Lo más probable, a mi modo de ver, es que el destino me haya impuesto la tarea de empalagarme de las delicias de esta vida hasta la saturación, hasta que desee comer pan duro para cambiar un poco. De ser asÃ, no seré yo quien se eche atrás. En el peor de los casos me habré equivocado. ¿Regalar mi dinero a otros? De acuerdo, pero antes quisiera comprender por qué. ¿Sólo porque lo dicen tantos libros? No. Mis principios no coinciden con esa divisa socialista que reza: «QuÃtate de ahà para que me ponga yo». ¿Acaso tengo que darle una medicina dulce a quien la necesita amarga? ¡Jugar con el destino, lo que me faltaba!
Hauberrisser le hizo un guiño.