El rostro verde
El rostro verde —¿Cuándo serás mi esposa? La vida es tan corta, Eva.
Ella no contestó. Se dirigieron en silencio hacia la entrada del parque donde los aguardaba el coche del barón Pfeill. Hauberrisser quiso repetir su pregunta antes de que se despidieran. Anticipándose, Eva se detuvo, y estrechándose contra él, le dijo suavemente:
—Te deseo, te añoro como a la muerte. Seré tuya, estoy segura, pero lo que los hombres entienden por matrimonio nos será ahorrado.
Hauberrisser apenas captó el sentido de sus palabras, estaba como aturdido por la felicidad de tenerla en sus brazos. Pero poco a poco fue transmitiéndosele el escalofrÃo de Eva, sintió que el pelo se le ponÃa de punta, como si un soplo sagrado estuviese envolviéndolos, como si el ángel de la muerte los protegiera con sus alas, alejándolos de la Tierra rumbo a las floridas llanuras de una eterna felicidad.
Cuando despertó de su inercia, el extraño éxtasis lo fue abandonando paulatinamente y en su lugar se instaló un dolor amargo, temió no volver a ver nunca más a Eva mientras el coche se perdÃa en la lejanÃa.