El rostro verde

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Capítulo VIII

Eva tenía intención de visitar a su tía, la señorita de Bourignon, a la mañana siguiente, para consolarla, y coger posteriormente un tren expreso hacia Amberes.

Pero una carta que encontró a su llegada al hotel, una carta redactada con prisa y salpicada de restos de lágrimas, la indujo a revisar su decisión.

La anciana señorita, totalmente derrumbada al parecer por el impacto de los acontecimientos del Zee Dijk, daba cuenta de su firme determinación de no salir del convento hasta que no se le calmara el dolor y se sintiera en condiciones de afrontar con renovado interés los asuntos de este mundo. En la última frase se quejaba de una insoportable jaqueca que le impedía recibir cualquier visita.

Eva se tranquilizó al comprobar que el equilibrio emocional de la vieja dama no se había alterado en absoluto. Decidió mandar su equipaje a la estación y tomar el tren de la medianoche, el cual le había sido recomendado por el conserje porque, según decía, estaría menos atestado que los demás.

Se esforzó por liberarse de la penosa sensación que le había causado la carta.

¿De modo que así eran los corazones femeninos? Ella había temido que «Gabriela» no pudiera sobreponerse al rudo golpe y en lugar de eso… ¡jaqueca!


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