El rostro verde
El rostro verde —¡Me prometió guardar silencio, doctor! No debe verterse sangre, por el amor de Elias. MÃa es la venganza… y además… —su semblante amable adoptó de pronto una expresión de fanatismo amenazador, profético— además, ¡el asesino es uno de los nuestros! No un judÃo, como está usted pensando en este momento —explicó al percatarse de la cara de sorpresa que habÃa puesto Sephardi— pero sà uno de los nuestros. Acabo de reconocerlo, viéndolo internamente. ¿Que sea un asesino? ¿Quién tiene derecho a juzgarlo? ¿Nosotros? ¿Usted y yo? MÃa es la venganza. Él es un salvaje, y tiene su fe. Dios nos preserve a todos de tener una fe tan espantosa como la suya, pero su fe es auténtica y viva. Éstos son los nuestros, los que tienen una fe que no se derrite en el fuego de Dios. Swammerdam, Klinkherbogk, y también el negro. ¿Qué es eso de ser judÃo, cristiano, pagano? Sólo nombres para quiénes tienen una religión en lugar de una fe. Asà que le prohÃbo decir lo que sabe sobre el negro. Si tengo que morir por él, ¿podrÃa usted privarme de realizar esta ofrenda?
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Conmovido, Sephardi volvió a su casa.