El rostro verde
El rostro verde El hombre de la cabeza de Ibis anotó el peso con un punzón, en silencio, sobre una tablilla de cera. Entonces, el juez de los muertos dijo:
—Ella fue, en la Tierra, una sirviente piadosa del señor de los dioses, como recompensa ha alcanzado el país de la verdad y de la justicia. Despertará como divinidad viviente y brillará en el coro de los dioses que viven en los cielos, porque ella es de nuestra raza. Así está escrito en el libro de la morada secreta.
Desapareció en ese instante como tragado por el suelo. Eva, con los ojos cerrados, bajó del ataúd. En medio de los dos dioses, y siguiendo al hombre de la cabeza de gavilán, Eva traspasó los muros de la iglesia, silenciosamente, desapareciendo.
Los cirios se transformaron en siluetas bronceadas que portaban llamas flameantes sobre sus cabezas, las cuales cubrieron con la tapa el ataúd vacío.
Un crujido se propagó en el interior de la iglesia cuando los tornillos penetraron en la madera.