El rostro verde
El rostro verde Un invierno sombrío y helado había extendido una helada y blanca sábana sobre Holanda, sobre sus llanuras, retirándola lentamente, muy lentamente. La primavera no llegaba. Como si la tierra no pudiera despertar.
Vinieron los días pálidos de mayo, y desaparecieron; las praderas seguían sin reverdecer.
Los árboles estaban desnudos, secos, sin capullos, con las raíces heladas. Por todas partes campos negros y yertos, hierbas pardas y marchitas. Aterraba la total ausencia de viento. El mar estaba inmóvil, desde hacía meses no caía una sola gota de lluvia, sólo había un sol insípido tras las nubes de polvo. Noches de bochorno, sin rocío.
El ciclo de la naturaleza parecía haberse detenido. La angustia a causa de los amenazadores acontecimientos, atizada por predicadores que llamaban al arrepentimiento y que recorrían las calles bramando sus cánticos, había prendido en la población como en la terrible época de los anabaptistas. Se hablaba de la inevitable escasez de víveres y del próximo final del mundo.
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