El rostro verde
El rostro verde En un sillón arrinconado, un caballero de tez morena, barba violeta y la coronilla brillante de grasa —el prototipo de una cara balcánica—, estudiaba el periódico, el pie izquierdo calzado con zapato de charol adornado de arabescos y echado sobre el muslo. Escrutó al recién llegado con una mirada rápida y tajante. Alguien bajó con estrépito una especie de ventanilla de tren, de un tabique alto como un hombre, que separaba la estancia para los clientes del interior del local. Tras la abertura apareció el busto de una señorita escotada, de seductores ojos azul celeste y rubia melena.
—Comprar, lo que sea, cualquier cosa.
Por el acento de su holandés entrecortado, la señorita advirtió al instante que tenÃa delante a un compatriota, un austrÃaco, y, en lengua alemana, empezó su explicación acerca de un juego de prestidigitación a realizar con tres corchos de botella que habÃa cogido rápidamente. PonÃa en juego todo el encanto de una feminidad bien entrenada en todos sus matices, empezando por clavar los senos a su interlocutor masculino, y continuando con la emanación discreta, casi telepática, del perfume de su piel, cuya eficacia sabÃa aumentar aireando las axilas de vez en cuando.
