Pétalo carmesí, flor blanca
Pétalo carmesí, flor blanca Agnes no respondió de inmediato. En el fondo de su mente, algo le decía que esta mujer era más de lo que aparentaba, pero su educación le impedía cuestionar abiertamente.
Con cada día que pasaba, Sugar tejía hilos invisibles entre ella y los habitantes de la casa. Conocía a los criados, escuchaba sus susurros, aprendía los horarios de Agnes y se aseguraba de estar siempre un paso por delante. William, cegado por su obsesión, no se daba cuenta de que su amante no solo había entrado en su hogar, sino también en su vida, moldeándola a su favor.
—¿No temes que te descubran? —le preguntó William una noche, mientras estaban solos en su estudio. —¿Y qué harían si lo hicieran? —respondió Sugar, encogiéndose de hombros. Su confianza era tan inquietante como seductora.
Pero incluso para Sugar, había momentos de duda. A solas en su cuarto, escribía en su diario con una furia contenida, desahogando los pensamientos que no podía compartir con nadie.
—“Estoy atrapada en una jaula de oro, igual que Agnes”, escribió una noche. “Pero si juego bien mis cartas, esta jaula puede convertirse en mi fortaleza”.