Pétalo carmesí, flor blanca
Pétalo carmesí, flor blanca Ella estaba detrás de él, apoyada contra el marco de la puerta. Su vestido negro contrastaba con la luz que entraba a raudales, y sus ojos lo miraban con una mezcla de curiosidad y desafío. Desde que había entrado en su vida, Sugar se había convertido en algo más que una amante: era su confidente, su sombra, y en ocasiones, la voz que lo empujaba hacia decisiones que no se atrevía a tomar.
—No lo sé —admitió William, dejando la carta sobre la mesa. Su voz era un susurro lleno de agotamiento. —Pues más vale que lo decidas pronto. Los hombres como tú no tienen el lujo de la indecisión.
Sugar caminó hacia él, sus pasos firmes sobre el suelo de madera, y colocó una mano sobre su hombro. Había algo casi cruel en su tono, pero también un destello de comprensión. Sabía que estaba jugando con fuego, pero no podía permitirse retroceder.
—Tu padre espera que seas como él, pero no lo eres. ¿Por qué no dejas de intentar complacerlo y empiezas a ser... tú mismo?
William la miró, su rostro una mezcla de confusión y algo que se parecía al alivio. —¿Y quién crees que soy? —Eso es lo que deberías descubrir, William. Pero hazlo rápido. El tiempo no espera por nadie.