Pétalo carmesí, flor blanca
Pétalo carmesí, flor blanca Mientras tanto, Agnes permanecía en su habitación, aislada de todo, atrapada en una espiral de miedos y alucinaciones. En las noches, escuchaba pasos en los pasillos, susurros que no podía descifrar, y el eco de una risa que parecía burlarse de su existencia. Las pocas veces que William subía a verla, se limitaba a observarla desde la puerta, incapaz de enfrentarse a la mujer que había prometido cuidar.
—¿Has estado aquí todo el día? —le preguntó una noche, con un tono que intentaba sonar casual. —¿Acaso importa? —respondió Agnes, su mirada perdida en algún punto más allá de las paredes.
Ella sabía que algo había cambiado. Había un perfume en William que no era suyo, una presencia invisible que lo seguía incluso cuando no estaba. Pero en lugar de enfrentarlo, se hundía más profundamente en su propio abismo, convencida de que estaba sola contra un enemigo que no podía nombrar.
Sugar, mientras tanto, comenzaba a sentir el peso de su estrategia. Aunque había logrado ganarse un lugar en la vida de William, sabía que su posición era precaria. Cada vez que se sentaba a escribir en su diario, las palabras salían con más rabia, con más urgencia.
—“Este no es el final”, escribió una noche. “No puedo ser solo una sombra en su mundo. Necesito algo más... algo mío”.