Pétalo carmesÃ, flor blanca
Pétalo carmesÃ, flor blanca Él no respondió de inmediato. HabÃa algo en la presencia de Sugar que lo tranquilizaba, pero también lo inquietaba. Ella tenÃa una habilidad única para tocar las heridas más profundas de su alma, y aunque sabÃa que debÃa temerle, no podÃa alejarse.
—A veces pienso en dejarlo todo —murmuró finalmente. —¿Y a qué le temes? —preguntó Sugar, inclinándose hacia él, su voz una mezcla de desafÃo y seducción.
William levantó la vista, buscando una respuesta, pero antes de que pudiera hablar, Sugar añadió: —No tienes que hacerlo solo. Yo estoy aquÃ. Siempre estaré aquÃ.
Mientras tanto, Agnes habÃa comenzado a notar cambios en la dinámica de la casa. Los criados murmuraban entre ellos, y aunque nadie se atrevÃa a decÃrselo directamente, ella sabÃa que algo sucedÃa. Una tarde, mientras paseaba por el jardÃn, escuchó a la nueva doncella hablando con la cocinera.
—La señorita Sugar no es como las demás, eso seguro —dijo la doncella. —¿Cómo lo sabes? —preguntó la cocinera. —Porque mira la casa como si ya le perteneciera.
Agnes se detuvo en seco, el aire escapando de sus pulmones como un golpe. Esa noche, cuando William regresó, lo enfrentó por primera vez en meses.