Pétalo carmesÃ, flor blanca
Pétalo carmesÃ, flor blanca Finalmente, sus pasos lo llevaron nuevamente al prostÃbulo de la señora Castaway. Al entrar, la familiar mezcla de risas burlonas y susurros lo envolvió. Pero esta vez, no hubo vacilación en sus movimientos.
Sugar lo esperaba, sentada en una silla junto a la ventana, su vestido rojo contrastando con la penumbra de la habitación. Sus dedos jugueteaban con un mechón de cabello, pero sus ojos estaban fijos en él con una intensidad que lo hacÃa sentirse expuesto.
—Volviste —dijo ella, con una sonrisa apenas perceptible. —No estaba seguro de si debÃa hacerlo —confesó William, dejando escapar un suspiro. —Pero lo hiciste. Eso dice más de lo que podrÃas admitir. —Ella se levantó lentamente, cada movimiento calculado, como si fuera una danza diseñada para mantenerlo atrapado.
William intentó responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. HabÃa algo en Sugar que lo desarmaba, algo más allá de su belleza. Era la forma en que lo miraba, como si pudiera ver a través de él, como si entendiera cosas sobre su vida que él mismo no se habÃa atrevido a enfrentar.