Historia de un pepe
Historia de un pepe En seguida se retiró a su cuarto, donde comenzó a pasearse, reflexionando sobre la rareza del carácter de don Fernando Fernández de Córdoba, que se habÃa mostrado tan duro con él al partir para España y que al mismo tiempo le suministraba cuanto le hacÃa falta y le enviaba un obsequio tan valioso como el de aquel caballo.
Engolfado en estas reflexiones, Gabriel, dando rienda a su efusión, exclamó:
—¡Ah, padre mÃo, padre mÃo! ¡Cómo quisiera yo ver a usted aquà para arrojarme a sus pies y bañándolos con mis lágrimas, pedirle perdón por mis injustas sospechas!
Diciendo asÃ, levantó los ojos y los fijó por casualidad en el cuadro de Caravachio que estaba en su habitación, como lo habÃa hecho tantÃsimas veces.
—Pero… ¿qué es esto? —exclamó estupefacto, al advertir que el agujero que tenÃa en el ojo izquierdo la figura de uno de los tres jugadores, estaba en aquel momento ocupado por una cosa que parecÃa la pupila negra de un ojo humano. Imaginó al pronto que aquélla era una ilusión de sus sentidos, una ficción de su acalorada fantasÃa; pero habiéndose fijado más despacio en el cuadro, se convenció de que habÃa allà un ojo clavado en su persona con una mirada persistente y que seguÃa todos sus movimientos.