Historia de un pepe
Historia de un pepe 
El paseo
A la una de la tarde del siguiente día, 21 de noviembre, Gabriel Fernández acababa de vestir el uniforme y se ceñía el cinturón de que pendía el espadín, pues a las dos en punto debía estar en casa del alférez real.
El caballo, que acababan de enjaezar dos criados de la casa de Agüero y Urdaneche, piafaba de impaciencia, atado a uno de los pilares del corredor.
Resonaron fuertes aldabonazos en la puerta de calle, y habiendo acudido a ver el criado negro de don Ramón entraron dos individuos jóvenes y de color cobrizo, ricamente vestidos de árabes. El dependiente de la casa de Agüero y Urdaneche que los acompañaba, dijo a Gabriel que don Andrés los enviaba por orden de la persona que había remitido el caballo, y que aquellos dos individuos estaban destinados a acompañarlo en calidad de pajes.
No volvía en sí el cadete del asombro que le causaba el ver aquellos extraños tipos de una raza desconocida y ataviados con lujo que dejaba atrás lo que había leído o visto pintado de los esclavos sarracenos de los califas.
