Historia de un pepe
Historia de un pepe El joven se creía juguete de alguna ficción como las de los cuentos de hadas, y le fue preciso tocar aquel caballo, oír a aquellos criados árabes hablar entre sí una lengua ininteligible, para convencerse de que todo aquello no era un sueño. Muy rico, muy espléndido y sobre todo muy amoroso con él, debía ser su padre, que le enviaba semejantes presentes.
Gabriel no era un mal jinete. Sin haber aprendido por principios el arte de la equitación, se había acostumbrado desde niño al uso del caballo, en lo cual tuvo particular empeño el buen español que dirigió su primera educación en la casa de aquéllos a quienes el pepe reconocía por padres. Hizo, pues, gallarda figura y se sintió firme en la silla luego que hubo montado al fogoso corcel, para ir a casa del alférez real, acompañado de sus dos pajes moros.
Debe suponerse que causó gran novedad el ver atravesar las calles al joven cadete en un caballo que la gente comparaba a los que habían visto pintados en las estampas de las cruzadas, y con aquellos esclavos moros semejantes a los de un príncipe oriental. No se sabía qué pensar de tan extraordinario acontecimiento.