Historia de un pepe

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El grave regidor que iba a desempeñar las funciones de alférez real, cuando vio a Gabriel, opinó, aunque sin decirlo, que era demasiado lujo aquél para un cadete: y que Fernández, o debía de haber perdido el juicio, o estaría inmensamente rico, una vez que enviaba a su hijo prendas dignas de un grande de España de primera clase.

La ciudad estaba de gala. Ostentaban los balcones lujosas colgaduras de damasco carmesí, y la población entera o recorría las calles, o se apiñaba en las ventanas para ver el paseo.

A las dos en punto salió la lucida cabalgada de casa del alférez. Precedían los maceros del Ayuntamiento con sus gramallas rojas y sus mazas de plata. Seguían los clarines y tras éstos los encomenderos de indios; todos los sujetos de calidad, los abogados de los reales estrados y procuradores del número, los regidores, los dos alcaldes ordinarios y en medio de éstos, el que desempeñaba las funciones de alférez real. Inmediatamente después de éste y como sirviéndole de escolta, iban los dos cadetes del Fijo, designados al efecto.




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