Historia de un pepe
Historia de un pepe Una turba de curiosos, muchachos en su mayor parte, seguían al joven oficial, y cuando el paseo desembocó en la plaza, donde la concurrencia era aun más compacta que en las calles, todos los ojos se dirigieron al caballero y al caballo. El balcón de palacio estaba completamente ocupado por las señoras principales de la ciudad. En el centro se veía a la esposa del capitán general, que tenía a su derecha a la del regente de la Audiencia y a su izquierda a la hija del que desempeñaba las importantes funciones de alférez real. Se oyó una exclamación general de asombro cuando pasó Gabriel y deteniendo un momento su fogoso bridón, hizo a la presidenta el saludo militar, al mismo tiempo que sus dos pajes moros, con los brazos cruzados sobre el pecho, inclinaban la cabeza hasta tocar casi con la tierra, en demostración de reverencia.
Gabriel fijó los ojos involuntariamente en la joven que ocupaba el lado izquierdo de la presidenta, y se encontró con la mirada de Matilde, que no se apartó ya de él como cuando lo había visto en casa del maestro de armas. Una llama azul oscura parecía salir de las pupilas de la altiva joven. Había en aquella mirada una expresión inexplicable de asombro, de cólera, de interés, que hizo bajar los ojos al cadete. Nunca le había parecido más hermosa aquella mujer a quien aborrecía en el fondo de su alma.