Historia de un pepe

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Estaban las señoras en el cuarto de costura. Doña Engracia, madre de Matilde, se ocupaba en hacer un cordón de seda y oro y la joven bordaba un pañuelo de holán extendido en un bastidor. Una negra vieja sentada en el suelo, entretenía a sus amas contándoles casos muy raros de duendes y aparecidos ocurridos en la Antigua y de los cuales daba fe como testigo presencial. Nana Mariana Espinosa tenía setenta y dos años y había sido esclava hasta la edad de cincuenta y tres. Al nacer Matilde, don Pedro Espinosa dio a dos esclavos hombres y a dos esclavas mujeres que tenía, sus cartas de libertad, como regalo que les hacía la recién nacida; pero ninguno de ellos quiso hacer uso de la gracia. Continuaron en la casa como criados libres y llevaban siempre el apellido de su amo. Nana Mariana después de haber sido china de la niña, había venido a ser una especie de ama de llaves que gobernaba la servidumbre y que no pocas veces quería mandar también a sus mismos amos.

Era fuerte y robusta, guedejas canas, dentadura hermosa y completa y perfectamente marcado el tipo africano en todas sus facciones. Vestía camisa de cambrai muy limpia, con las mangas hasta el codo, prensadas y cogidas con mancuernillas de oro, y la enagua de un rico pero viejo cabo de la China, con pájaros, ramas y flores pintados, que había servido diez o doce años a doña Engracia y pasado después a ser propiedad de Nana Mariana, a quien le duraría seguramente por el resto de su vida.


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