Historia de un pepe

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Entre las personas que visitaban con frecuencia la casa había algunas a quienes la negra mostraba afición y otras que le inspiraban un sentimiento de repugnancia que apenas se tomaba el trabajo de disimular. Sus setenta y tantos años y el haber visto nacer al amo de la casa, le daban derecho a ciertas libertades que sus señores y los amigos de la familia toleraban.

Uno de aquéllos a quienes la anciana había tomado mala voluntad era el abogado Arochena, a quien había bautizado con el apodo de Caín, por el cabello rojo. No podía imaginar siquiera que Matilde, a quien idolatraba, fuera a casarse con «el de los ojos contra Dios» y no dejaba pasar ocasión de poner a don Diego más tachas que las que debía a la madrastra naturaleza, que por cierto no eran pocas.

Cuando el criado anunció la visita del licenciado, la negra, que hubo de interrumpir un caso interesantísimo de duendes, exclamó con mal humor:

—Se acabó; ya viene Caín, y ése echa raíces en la silla. Será preciso dejar el cuento para mañana. Y se levantó para marcharse.

—No se vaya usted, Mariana —dijo Matilde—; haremos de modo que la visita de don Diego sea corta.

La negra iba a replicar; pero en aquel momento entró Arochena, cuyo semblante revelaba cierta agitación.


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