Historia de un pepe

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Como lo había dicho don Pedro Espinosa, el capitán general, informado de la bizarría con que combatió el cadete en el encuentro con los bandidos, le expidió el despacho de teniente, considerando que no podía hacer menos que premiar con dos grados el señalado servicio que prestara aquel joven. Exagerando un tanto lo ocurrido, se aseguraba que el jefe de los ladrones, aterrado por el ardimiento con que lo atacó Fernández, se había puesto en fuga, salvándose así el caudal del rey, pues la escolta probablemente habría sucumbido ante el mayor número y la audacia de los enemigos. Hervias, de quien hacía también elogios el comandante de la escolta, fue ascendido a capitán.

El despacho de teniente que recibió Gabriel al llegar a la ciudad, influyó favorablemente en apresurar su restablecimiento. Sin embargo, tuvo que hacer muchos días de cama antes de que el célebre doctor Esparragosa, que lo asistía, lo declarara completamente sano. Cuidaban de él inmediatamente las criadas de la casa y el negro esclavo del escribano, pues aunque había, como sabemos, dos mujeres que habrían querido con toda su alma velar día y noche a la cabecera del joven oficial, ni a la una ni a la otra les era permitido satisfacer aquel deseo.



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