Historia de un pepe

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—Grave, regrave, gravísimo, regravísimo, —dijo el capitán—. El diablo se lleva la boda, mi amigo don Roque de Marchena; se la lleva; porque ese mequetrefe del teniente dice que no se casa en misa de ocho, y que ha de aguardar el consentimiento de su padre, aunque sea el día del juicio. ¿Qué le parece a usted? ¿No es verdad que puedo y muy puedo obligarlo con justicia a que se case o reviente?

—¿Quiere usted, señor don Feliciano —preguntó don Diego con mucha calma—, seguir un consejo?

—Pues, ¿a qué otra cosa vengo, sino a pedirlo? ¡Voto al Diablo! —contestó el capitán—. Diga usted; pero de ningún modo vaya a aconsejarme que consienta en que ese tunante se quede riendo.

—Si usted quiere evitar que eso suceda —dijo Arochena—, no vuelva a mezclarse en el asunto. Póngale en manos de la señorita Rosalía; dígale usted que Fernández cree necesario aguardar el consentimiento de su padre, y que ella debe procurar que él se decida y adopte el único partido razonable que se presenta. Lo que ella no alcance, mi amigo don Feliciano, difícil es, por no decir imposible que lo obtenga usted.

El capitán tuvo que rendirse ante la argumentación fría y serena del letrado, y haciéndose repetir la lección de lo que había de decir a su hija, salió a poner por obra el prudente consejo de su sabio mentor.


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