Historia de un pepe

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—Es decir —replicó don Feliciano, mudando colores—, que tú rehusas casarte, que usted se niega a cumplir sus compromisos, que tú… que usted… ¡Sable y lanza! ¡Cáspita! ¡Voto a sanes! ¡Pues qué! ¿Así se juega con el honor de los Matamoros de Peñapelada? ¿Pues no es más que decir ya no me caso, después que todo el barrio, la ciudad, el reino, el mundo entero, sabe que Rosalía está pedida y dada y todo listo para el casamiento clandestino en la misa de ocho? ¡Eso no, por vida del diablo! ¡Y si tú, si usted insiste en su capricho, nos hemos de ver las caras! En esto hay gato encerrado. Pero yo tengo a quien consultar, y veremos si es nomás de decir no quiero, después que se ha entretenido a la muchacha tantos años, y quién sabe qué de casamientos verdaderos ha perdido por su culpa. Usted verá.

Diciendo así, el capitán se encasquetó la gorra con furia y echando a Gabriel una mirada llena de odio, que éste resistió con la mayor serenidad, se marchó y se fue derecho a casa del abogado.

—¡Con dos mil de a caballo! —gritó al ver a don Diego—; ¿no sabe usted lo que pasa?

—Supongo que algo grave —contestó el pelirrojo.


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