Historia de un pepe

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—¿Pues no ha de consentir? De mil amores. Le he dicho que tuestas pronto, que los letrados apoyan el plan, que yo lo apruebo. ¿Qué más? Cuando el señor Fernández sepa lo sucedido, les mandará su bendición y un buen regalo de boda, pues parece que el hombre es garboso, y todos viviremos en paz de Dios. ¡Voto a cribas, sólo siento que la herida no me permita todavía celebrar el golpe como se merece! Dichoso tú que a pesar de la tuya, podrás comer y beber como un buitre. Y a propósito de esto, si tienes por allí unos cuarenta o cincuenta duros que no te hagan mucha falta, préstamelos para disponer una francachela de unos pocos amigos y te los devolveré religiosamente al recibir mi sueldo. Eso sí, yo no me quedo con un real de nadie.

Gabriel guardó silencio durante un rato, meditando lo que había de contestar al parlanchín maestro de armas, y le dijo:

—Siento que haya hablado de eso a Rosalía antes de consultarme. Yo no estoy en disposición de prescindir del consentimiento de mi padre, pues si tal cosa hiciera, sería el más desagradecido de los hombres. Recibo cada día nuevas pruebas de su amor y su bondad, y no debo corresponderlas con ingratitud.


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