Historia de un pepe
Historia de un pepe —Pero, ¿de qué se trata? —dijo el joven—. Si no he entendido nada; usted habla de que yo he de casarme el domingo.
—Pues ni más ni menos —replicó don Feliciano—. Viendo que la respuesta de papá no aparece y que la muchacha no puede perder, porque ya se murmura en el público, he consultado con los mejores abogados de Guatemala y todos me han dicho que el consentimiento del padre no sirve para maldita la cosa; que en yendo tú y RosalÃa a la misa de ocho y pegando el grito cuando el cura eche la bendición, quedarán mejor casados que si lo hubieran hecho delante del papa. Conque, vengo a avisarte para que estés alerta y que todo se haga en regla.
—Y RosalÃa —dijo Gabriel, frunciendo las cejas—, ¿consiente en que se haga el matrimonio de ese modo?