Historia de un pepe

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El capitán contaba como cosa segura la prestación del teniente. ¿No lo había instado a él mismo para que buscara un medio de que se hiciera el matrimonio inmediatamente, y sin aguardar el consentimiento paterno? Cierto, pues, de que no podría comunicarle nueva más agradable que la de que estaba resuelto que el casamiento fuese clandestino, se apresuró don Feliciano a ir a casa de Gabriel, y luego que lo vio, abrió los brazos y estrechándolo afectuosamente le dijo:

—Albricias, señor teniente, albricias. Si digo que tú debes haber nacido de pies. Todo te sale a medida del deseo. Yo tuve que hacer doce años de soldado distinguido para llegar a subteniente, y diez para pasar a teniente; y tú en seis u ocho meses te ves ya con la charretera sobre el hombro derecho. ¡Sable y lanza! No es poca fortuna. Y ahora, para coronar tu dicha, vengo a anunciarte, como quien no dice nada, que el domingo próximo, en la misa de ocho, te da la mano de esposa una de las más guapas mozas del reino, que no digo más de ello porque, sus alabanzas no estarían bien en mi boca. ¡Cáspita! Pues es nada; una perla engastada en cobre. ¿Qué tal?

Atónito escuchó Gabriel aquel aguacero de palabras, sin acertar bien lo que significaban; pero sí sospechó que el capitán se refería a un proyecto de próximo matrimonio con Rosalía.


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