Historia de un pepe
Historia de un pepe El astuto abogado se marchó, dejando a don Feliciano que acabara de vaciar la botella y de digerir el sabio consejo que le había soltado entre vaso y vaso. No cayó la semilla en mal terreno; así fue que dio por fruto la firme resolución que formó el capitán de que no se había de pasar el primer domingo sin que su hija y el teniente se casaran «clandestinamente», es decir, en presencia de unos cuantos centenares de individuos que asistían a la misa de ocho.
Sin pérdida de tiempo, abrió la campaña, procurando persuadir a Rosalía a que se presentara a dar la campanada, y sólo la plena seguridad que le dio de que Gabriel deseaba que así se hiciese, la determinó a aceptar la idea, y resolverse que se celebrara el matrimonio clandestino. Supuso que habría inconvenientes que no dependían de la voluntad del joven, y como su padre le aseguró que el acto sería tan legítimo como si se hiciera con todas las ritualidades, se decidió a abrazar aquel partido, aunque no con entero gusto. Su natural delicadeza le decía que no haría bien; pero condescendió por amor a Gabriel y por deferencia a su padre.