Historia de un pepe
Historia de un pepe Por lo que hace a Matilde, no tenemos que decir sino que era con mejor entendimiento, algún cultivo más y cierta altivez, efecto de su belleza, de su condición de hija mimada y del extenso círculo de adoradores que la rodeaba, el fiel trasunto la copia exacta de su señora madre.
El licenciado don Diego de Arochena conocía perfectamente las ideas de aquellas dos damas y tenía la convicción de que el amor o el capricho que había concebido la joven por el teniente que llevaba el apellido de Fernández de Córdoba, se disiparía como el humo ante la certidumbre de que el ídolo que ella juzgaba de oro puro, no era sino de barro dorado. Nada menos que a esto equivaldría el verlo despojado repentinamente del prestigio que le daba a sus ojos un origen ilustre. Por eso se afanaba tanto don Diego en descubrir el secreto del nacimiento de Gabriel, y no perdonaba medio de cuantos directa o indirectamente pudieran conducirlo a aquel fin. Su larga práctica de la profesión de abogado lo ponía en aptitud de seguir los hilos misteriosos de cualquier intriga, porque él había urdido en su vida muchas tramas, ya para ocultar la verdad, ya para descubrirla, según las necesidades de los diferentes negocios que había tenido a su cargo.