Historia de un pepe
Historia de un pepe La desigualdad de origen era a los ojos de doña Engracia un axioma tan indiscutible como los misterios de fe. No despreciaba a sus inferiores, y con tal de que se mantuviesen a una respetuosa distancia, estaba dispuesta a perdonarles el pecado de no haber nacido iguales a ella. Más aún, les dispensaba voluntariamente cierta afección compasiva, ligeramente desdeñosa tal vez; pero muy distinta de la altiva arrogancia que hace odiosos a los que suelen abusar de las ventajas sociales. Doña Engracia concurría con su hija a la boda de una pobre moza, parienta de alguna de sus criadas, que se celebraba en un barrio de la ciudad; pero por ningún motivo habría asistido a la fiesta de una familia de la clase media.
Un matrimonio desigual, en lo respectivo a la clase de los cónyuges, horripilaba a doña Engracia. Bien podía ser el novio un anciano septuagenario y la novia una niña de dieciséis abriles; enhorabuena que uno de ellos o los dos fueran más pobres que Job, si las ejecutorias estaban en regla por una y otra parte, la unión era buena y proporcionada a los ojos de la digna esposa del señor de los Monteros.