Historia de un pepe

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He ahí, pues, el resultado de las pesquisas de don Diego. Poco concluyente, por cierto, en cuanto al objeto que tenía en mira, no era tan insignificante que no pudiera servir de punto de partida a ulteriores averiguaciones. El astuto letrado hizo espiar la casa de Pedrera por algunos de sus agentes y poco a poco fue sabiendo qué clase de personas eran las que lo visitaban por las noches. Entre ellas había de todo; desde funcionarios de categoría hasta sujetos del pelaje del capitán y maestro de armas don Feliciano de Matamoros. ¿Serán conspiradores? se dijo a sí mismo don Diego. En aquella época comenzaban ya a germinar las ideas de insurrección, suscitadas por las noticias de lo que acontecía en otros reinos de América. Más todavía. Circulaban rumores de que se habían introducido en el país emisarios franceses que trabajaban ocultamente en sembrar ideas subversivas. No sin razón hubo, pues, de sospechar, Arochena, que las reuniones en casa de Pedrera pudiesen tener un carácter político. Pero la circunstancia de que concurrían sujetos notoriamente realistas, hizo que no se fijara en aquella conjetura. ¿Serán jugadores que se ocultan por temor de las penas con que se ha amenazado recientemente a los de ese oficio? se decía también el abogado. Todo podía ser; pero ni aquélla ni otras sospechas que lo asaltaron, le parecían suficientemente fundadas.



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