Historia de un pepe

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CAPÍTULO XXIII

Revelaciones.

Parte primera

Varias veces había repetido ya la hija del maestro de armas la visita a la señora encerrada en casa de Pedrera, sin que hubiese ésta revelado a su nueva amiga el secreto de su vida. Rosalía respetaba aquella reserva, limitándose a consolar y animar a la enferma y a proporcionarle los pocos alivios que admite el horrible mal que padecía la infeliz señora.

Una tarde mientras se ocupaba Antonio en cosechar la fruta de la huerta, para lo cual había recibido amplia autorización, y en coger un nido de pajaritos que estaba en lo más alto de un árbol de aguacates, la desconocida y la hija del capitán se divertían en observar al muchacho que, con la ligereza propia de su edad, pasó de rama en rama hasta llegar donde pudo apoderarse del nido. Bajó muy satisfecho y mostró a la señora y a su hermana el único pichón que contenía.

—¡Pobre madre! —exclamó la desconocida—, ¡cómo va a sentir el encontrarse sin su hijo cuando vuelva!

Esta sencilla y natural observación fue hecha con un acento de emoción tan profunda, que no pudo dejar de llamar la atención a Rosalía.


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