Historia de un pepe
Historia de un pepe —Antonio —dijo a su hermano—, es una iniquidad el que te apoderes de ese pichoncito. PodÃas subir y poner otra vez el nido donde estaba.
El muchacho, muy contento con la presa que habÃa hecho y contando ya con criar al pajarito, no puso muy buena cara a la idea de prescindir de su conquista; pero, habiendo RosalÃa repetido sus instancias y unÃdose a éstas las de la señora, hubo de condescender y, trepando de nuevo al árbol, volvió a poner el nido donde lo encontró.
—Por esa buena acción —dijo la señora—, te voy a regalar un loro, que es, muchos años hace, mi compañero de prisión.
—No se prive usted de él —dijo RosalÃa. Antonio sabe que la mejor recompensa de una acción buena es el contento que ella proporciona.
—Eso es —dijo el mocito—, lo que me has enseñado; pero si es voluntad de la señora regalarme el loro, no estará de más y lo recibiré como ribete del premio de la buena acción.
La desconocida se sonrió y reiteró la oferta. Antonio, contento con la adquisición, corrió a jugar al otro extremo de la huerta, mientras la enferma y RosalÃa se paseaban bajo los árboles que daban sombra al punto donde se encontraban. Después de un momento de silencio, dijo la señora, estrechando afectuosamente la mano a la joven: