Historia de un pepe
Historia de un pepe —Usted no puede calcular, amiga mÃa, el dolor de una madre que ve desaparecer a su hijo para siempre.
Diciendo asÃ, comenzó a llorar y dejó caer la cabeza sobre el hombro de RosalÃa.
—Yo lo sé —añadió con palabras entrecortadas por los sollozos—; he sufrido, sufro mucho y sufriré mientras viva ese acerbo dolor.
—¿Ha perdido usted un hijo? —preguntó la joven con interés. ¿Es usted o ha sido casada?
—Jamás —contestó la desconocida con acento casi imperceptible—. No he sido ni soy casada; y sin embargo, soy la más infeliz de las madres, pues no he vuelto a ver a mi hijo desde la noche en que vino al mundo por desdicha suya y mÃa.
RosalÃa hizo un movimiento que denotaba sorpresa y disgusto, y notándolo la señora, exclamó juntando las manos en actitud de súplica:
—¡Oh! No me condene usted antes de oÃrme. Usted, lo repito, es un ángel de pureza y de bondad; ha venido a consolarme y a proporcionarme los únicos momentos de satisfacción que he tenido en más de veinte años. Escuche usted mi dolorosa historia, y si ella hace que yo pierda la estimación que haya podido concebir por mÃ, espero al menos que me dará algún derecho a su compasión.