Historia de un pepe
Historia de un pepe —Ahà tiene usted, mi buena amiga, la narración exacta de mis desventuras durante los primeros nueve años que siguieron al aciago dÃa en que vi por la primera vez al llamado don Juan de Montejo. Usted, en su buen juicio y escuchando su corazón compasivo, calculará si soy más digna de lástima que de censura, y si tengo derecho aún a conservar su simpatÃa y su amistad.
—Usted lo tiene mayor que antes, señora —dijo RosalÃa, estrechando a doña Catalina contra su corazón—. Yo valgo bien poco, añadió la bondadosa joven con efusión; pero usted puede disponer de mÃ, como si fuera hija suya.
—Aún no ha oÃdo usted —replicó la de Urdaneche—, más que la mitad de mi triste historia. Falta la parte más terrible, la que explicará a usted el misterio de la estrecha prisión en que vivo hace ya más de doce años. Es tarde, y debemos separarnos. Veo que el pobre Antonio, cansado de aguardar, se ha quedado dormido bajo aquel naranjo. Despertémoslo y retÃrese usted. Mañana oirá el fin de la narración de mis desdichas.
La señora y RosalÃa llamaron al niño, y después de haber permanecido durante un rato estrechamente abrazadas, se separaron, prometiéndose volver a reunirse a la siguiente noche.