Historia de un pepe
Historia de un pepe 
Revelaciones.
Parte segunda
Reunidas en la huerta de la casa del escribano, doña Catalina de Urdaneche y la hija del maestro de armas, la tarde siguiente a aquélla en que la señora hizo a la joven sus primeras revelaciones, sentáronse a la sombra de los árboles, cuyas elevadas copas doraban los últimos rayos del sol, próximo ya a su ocaso.
—Rosalía, mi buena amiga —dijo doña, Catalina, luego que se hubo alejado Antonio—, usted no ha llevado nunca y ojalá no lleve jamás el horrible peso de esa dura cadena que algunas mujeres tenemos la desdicha de echarnos al cuello, entregando nuestras almas, todo nuestro ser a hombres crueles e indignos, que abusan miserablemente de nuestra debilidad. Sin fuerzas para romperla, sin valor para intentarlo siquiera, nosotras mismas hacemos día por día más estrecho el nudo que nos ahoga y que llega a hacerse indispensable a nuestra triste existencia.
