Historia de un pepe
Historia de un pepe Tal había venido a ser mi situación cuando habían pasado nueve años desde el infausto día en que conocí a don Juan de Montejo. No contaba yo más que veintiséis años y el sufrimiento no había acabado aún de marchitar aquella funesta belleza que fue la causa de mi perdición. Apagada hacía tiempo la poca afición que aquel hombre duro y egoísta pudo haber sentido por mí al principio de nuestras relaciones, las conservaba por hábito y porque mi completa sumisión a su voluntad no dejaba de lisonjear su orgullo. El era mi señor, mi dueño, y yo la humilde esclava que habría besado con efusión el polvo que pisaban sus pies.